Descubre la crítica de El Cerebro sobre una obra literaria mítica que solo Guillermo Del Toro podía trasladar a la pantalla con una belleza y tragedia hipnótica como él sabe hacer: Frankenstein.
Hay películas que te atrapan por la garganta. Algunas te persiguen por la belleza intrínseca de la obra, otras por su rica y conmovedora narrativa, o simplemente te llevan de la mano para entretenerte, con o sin adornos. El Frankenstein de Guillermo del Toro, que recién se ha puesto a disposición de los suscriptores de Netflix, es una de esas que te arranca el corazón para mostrarte que aún late.
De carne y alma

Una fuerte reinvención de una obra que se pensaba conocer al dedillo, en lo que relata y ofrece. Sin embargo, aquí, el famoso director, entusiasta de la fantasía y lo macabro, logra reinventar el mito sin desvirtuarlo. Tras cincuenta años de obsesión y veinticinco años de intentos fallidos, el cineasta mexicano finalmente logra dar vida a su sueño más visceral. Adaptar la novela de Mary Shelley no como un enésimo relato de monstruos, sino como lo que siempre ha sido: una tragedia shakesperiana sobre la necesidad de creación, la arrogancia, la paternidad fallida y el amor imposible.
Una sinfonía visual entre sombra y luz
Del Toro no solo filma Frankenstein y su historia. En esta obra, lo pinta, lo esculpe, lo electriza. Cada plano es un lienzo expresionista donde el claroscuro se convierte en lenguaje. Los laboratorios de Victor Frankenstein se asemejan a vestigios victorianos, monumentos desolados, reflejando la pérdida del científico loco en los meandros de su creación.

Espacios donde lo sagrado y lo blasfemo se confunden en un ballet de cobre oxidado y cristal ahumado. Una sinfonía visual steampunk que se enfrenta a una fotografía que oscila entre los azules gélidos de las noches escandinavas y los marrones y dorados pútridos de las lámparas de gas, creando una paleta cromática que evoca pinturas de grandes maestros barrocos.
El frío solitario

La nieve, omnipresente, es un personaje en sí misma en la película. Cubre el mundo como un sudario, metáfora visual de la frialdad emocional que rodea a la criatura. Un frío que se manifiesta en los colores predominantes del filme, del azul al verde, contrastados por la omnipresencia del rojo, simbolizando la sangre, el fluido vital necesario para toda vida.
Pero es en los relámpagos donde la película encuentra su poesía más pura: las descargas eléctricas que atraviesan la oscuridad no son meramente efectos visuales, sino la manifestación física de la ambición prometéica que consume a Victor. Una ambición fatal para el personaje, interpretado por un Oscar Isaac más poseído que nunca por quien encarna en pantalla.
Dos voces, una tragedia
La estructura narrativa de la película es de una audacia inusual. Del Toro toma la radical decisión de dividir su relato en dos capítulos distintos, cada uno sostenido por la voz narrativa de su protagonista.

El primer acto nos ofrece la perspectiva de Victor, el científico poseído por una fiebre demiúrgica tras la muerte de su madre. Su voz tiene una calidad hipnótica digna de los grandes narradores de fábulas: lo seguimos en su descenso a los infiernos, fascinados y horrorizados a la vez. Como un lector que pasa las páginas siguiendo las líneas del narrador que cuenta la historia, Isaac narra con horror los eventos que lo llevarán a su perdición, en ese barco en plena desolación.
El monstruo más humano que nunca

Luego, en un giro vertiginoso, la criatura toma la palabra en un segundo capítulo. Jacob Elordi, irreconocible bajo el prodigioso trabajo de los maquilladores, ofrece una interpretación de una potencia devastadora. Su voz se convierte en el corazón palpitante de la película, transformando lo que podría haber sido un simple monstruo en una conciencia torturada, dotada de una elocuencia shakesperiana. Una criatura más humana que nunca, narrando su historia con una emoción rara, especialmente cuando deambula y encuentra refugio en un viejo sabio antes de confrontar a su creador.
Estructura en espejo como la que otorgaba fuerza a la novela epistolar de Shelley, que permite a Del Toro tejer una red compleja de ecos y resonancias. Se entiende que creador y criatura son las dos caras de un mismo objeto. Dos soledades que se buscan, se repelen, se destruyen mutuamente en un ballet tan terrible como sublime. Dos hombres, que sin embargo necesitaban el uno del otro, terminan confrontándose en lugar de encontrarse.
El espectro del padre, la sombra de la muerte
En el corazón de esta adaptación, un tema obsesional: la relación padre-hijo como una herida abierta. Un trauma en el centro de la trama, que se perpetúa a través de las generaciones.

Victor Frankenstein no crea un monstruo, sino que engendra un hijo que rechaza tan pronto como surge al mundo, a imagen de su propio padre (encarnado por un Charles Dance siempre tan duro). Guillermo Del Toro, que ha hecho de la paternidad fallida uno de los leitmotivs de su filmografía (desde El Laberinto del Fauno hasta La Forma del Agua), encuentra aquí su expresión más acabada. La criatura que solo repite el nombre de Victor con un amor innato, hasta que esa palabra se convierte en maldición en sus labios hacia su creador, hasta su aceptación. El cineasta mexicano entiende intuitivamente lo que Shelley ya sabía en 1818: abandonar a un hijo o no satisfacer su necesidad más esencial, que es el amor, es el crimen original, el que engendra a todos los demás.
Poesía mortuoria

El terror visceral de la muerte es también uno de los temas clave de la obra que el cineasta logra transponer con acierto a la pantalla. Victor busca resucitar a los muertos, desafiar esta realidad inmutable que le ha robado a su madre. Pero en su laboratorio de apariencia sepulcral, solo engendra más muerte. Del Toro filma estas escenas de creación e investigación como experiencias monstruosas, sangrientas, macabras e inhumanas, donde la vida que emerge ya está marcada por el sello de la descomposición.
Es aquí donde reside toda la ironía trágica del proyecto Frankenstein: querer vencer a la muerte creando vida, pero solo producir un ser condenado a la exclusión y la violencia desde su primer aliento.

La arrogancia científica de Victor se filma con una ambigüedad fascinante. Del Toro no solo condena a su Prometeo moderno, sino que muestra la terrible belleza de su ambición, su ansia de trascendencia y de éxito propio del ser humano, que lo llevará fatalmente a un destino funesto. Oscar Isaac encarna magníficamente esta dualidad: su Victor es a la vez un genio visionario y un niño caprichoso, un científico iluminado y un hijo inconsolable. Pero fatalmente un hombre monstruoso, mucho más que la criatura a la que califica de tal, por su falta de empatía y amor.
Shelley resucitada

Lo que impacta en esta adaptación es su fidelidad espiritual al romance. Mientras que tantas versiones anteriores han reducido Frankenstein a un cuento de horror simplista, Del Toro recupera la complejidad filosófica y moral de la obra de la joven autora, reinterpretada durante dos siglos. Restituyó especialmente lo que hace original el libro de Shelley: la criatura no es un monstruo nacido monstruo, sino un ser que aprende la humanidad antes de ser brutalmente rechazado.
El aprendizaje del bien y del Mal
Frankenstein explora con sutileza la cuestión de la naturaleza humana y la educación que atraviesa la novela. La criatura descubre el lenguaje, la literatura, la música; se educa leyendo «El Paraíso Perdido» de Milton (referencia explícita y central en Shelley). Al igual que Victor, quien también recibió una educación dura, con el peso de las ambiciones de su padre.

Una dimensión eminentemente romántica, donde el monstruo es también y sobre todo un lector, el producto de un ermitaño benevolente y sabio, que nutre un espíritu sensible aplastado por la injusticia del mundo.
Un reparto de orfebre en un estuche de oscuridad

Jacob Elordi roba literalmente la película. El trabajo de transformación física es asombroso: nueve meses de preparación tras la salida de Andrew Garfield han dado lugar a una criatura que evoca las ilustraciones clásicas mientras posee una presencia absolutamente contemporánea y típica del universo de su director. Elordi trasciende el maquillaje para ofrecer una actuación de una humanidad desgarradora. Sus ojos, la única parte realmente visible de su rostro, y su voz rasposa, se convierten en el espejo de un alma en desesperada búsqueda de amor y reconocimiento.
Mia Goth, en el papel de Elizabeth, encarna una feminidad contenida y llena de no-dichos. Ella es la luz que Victor ya no puede ver, cegado por su obsesión. La actriz, habituada a roles perturbadores, encuentra aquí una elegancia gótica que ancla la película en su época victoriana. Christoph Waltz y el resto del elenco (Lars Mikkelsen, David Bradley, Charles Dance) aportan una gravedad shakesperiana necesaria para este tipo de tragedia. Cada actor parece consciente de estar participando en algo importante y su juego colectivo eleva el material al rango de gran obra cinematográfica.
Una película-catedral
La producción de la película es testimonio de un perfeccionismo obsesivo. Los decorados totalmente construidos —desde el laboratorio de Frankenstein hasta el barco del Capitán Walton— poseen una materialidad táctil que se opone a las pantallas verdes asépticas del cine contemporáneo, algo raro, especialmente para la plataforma que produce la película. Se siente la piedra, la madera, el óxido. La filmación entre Toronto, Escocia e Inglaterra ha permitido capturar paisajes desolados, páramos azotados por los vientos que son proyecciones de los tormentos interiores de los personajes.

Frankenstein respira una atmósfera gótica, la fascinación romántica por lo sublime y lo terrible, por las ruinas y las tormentas, por todo lo que en la naturaleza supera y aplasta la humanidad, a imagen de los personajes. La música de Alexandre Desplat, compositor habitual de Guillermo del Toro, teje una melodía para la película de una melancolía conmovedora. Lejos de las grandes elevaciones y melodías horríficas, Desplat compone una obra suave, mágica, íntima, que subraya la soledad fundamental de los protagonistas. Sus temas, construidos alrededor de algunas notas barrocas repetidas como una obsesión, se adhieren a la piel de la película y no te abandonan.
El precio de la inmortalidad

El Frankenstein de Guillermo del Toro no es solo una adaptación más. Es una película-testamento, la culminación de toda una vida como cineasta y de reflexión sobre lo que significa crear, engendrar, amar y perder. Del Toro logra una hazaña rara: hacer de un mito conocido reinventado hasta el cansancio algo nuevo, personal, visceralmente conmovedor, incluso hipnótico, pero sobre todo fiel a la obra original.
Al filmar Frankenstein como una tragedia familiar en lugar de una película de horror, el cineasta mexicano le devuelve a la narrativa de Shelley toda su potencia filosófica. Nos recuerda que el verdadero monstruo no es el que se cree, que el verdadero horror nace del rechazo al amor, de la incapacidad de reconocer al otro como un semejante. Del Toro firma aquí una nueva obra maestra en acción real. Una película que resonará en el corazón de los espectadores, y que los perseguirá mucho después de que termine el crédito. Una película que te recuerda la razón misma del cine: dar forma a los monstruos que nos habitan, y quizás, al nombrarlos, domesticarlos un poco.
Frankenstein Tráiler Netflix

Crédito de las fotos: © : Netflix
